[… ]Clarea
el reloj
arrinconado,
y su tic-tic,
olvidado
por repetido,
golpea.
Tic-tic,
tic-tic... Ya te he oído.
Tic-tic,
tic-tic... Siempre igual,
monótono y
aburrido.
Tic-tic, tic-tic,
el latido
de un corazón de
metal.
En estos pueblos,
¿se escucha
el latir del
tiempo? No.
En estos pueblos
se lucha
sin tregua con el
reló,
con esa monotonía
que mide un
tiempo vacío.
Pero ¿tu hora es
la mía?
¿Tu tiempo,
reloj, el mío?
(Tic-tic,
tic-tic...) Era un día
(Tic-tic,
tic-tic) que pasó,
y lo que yo más
quería
la muerte se lo
llevó.
Lejos suena un
clamoreo
de campanas...
Arrecia el
repiqueteo
de la lluvia en
las ventanas.
Fantástico
labrador,
vuelvo a mis
campos. ¡Señor,
cuánto te
bendecirán
los sembradores
del pan!
Señor, ¿no es tu
lluvia ley,
en los campos que
ara el buey,
y en los palacios
del rey?
¡Oh, agua buena,
deja vida
en tu huida!
¡Oh, tú, que vas
gota a gota,
fuente a fuente y
río a río,
como este tiempo
de hastío
corriendo a la
mar remota,
con cuanto quiere
nacer,
cuanto espera
florecer
al sol de la
primavera,
sé piadosa,
que mañana
serás espiga
temprana,
prado verde,
carne rosa,
y más: razón y
locura
y amargura
dé querer y no
poder
creer, creer y
creer! […]
António Machado
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