Envejecer bien es un arte. De pronto te levantas con dolores nuevos y descubres que el mundo no te debe nada, sino que pasa factura. A menudo acudes al médico en busca de soluciones, y sin fijarte en ellas pasas ante librerías que a tu edad son más útiles que las farmacias. Leer a los filósofos estoicos antiguos es uno de los mejores analgésicos que conozco. Como las aspirinas o el paracetamol, no quitan las causas del dolor, pero ayudan a soportar el dolor. Y eso no es ninguna tontería.
Además, el
estoicismo es una vacuna magnífica contra el patetismo tardío. Me refiero al
ridículo senil: ese impulso peligroso que empuja a fingir que tienes veinte
años menos, a hablar como los adolescentes o a disparar certezas con una
seguridad impropia de quien ya debería saber que, cuantos más años cumples, más
certezas se van al carajo y sólo queda una conciencia exacta de la imbecilidad
universal. El estoico asume su edad como una cicatriz honrosa: no alardea, pero
tampoco la esconde. Sabe quién es y quién fue; y sobre todo, qué no necesita ya
demostrar.
Y al final, naturalmente, aguarda la muerte, que no falta a ninguna cita: última pareja de baile que incomoda a todos menos a quienes aprendieron a tratarla como compañera de viaje. Los estoicos no desean morir, pero tampoco lo dramatizan. Lo consideran parte del contrato temporal que llamamos vida. Y ahí el estoicismo vuelve a su papel lúcidamente analgésico, porque te recuerda que cada día bien jugado es una victoria, aunque el marcador final sea la derrota. Morir es inevitable, pero vivir como un imbécil es opcional. En la vida puedes ganar o perder, pero al final siempre pierdes. Y no hay en la historia de la Humanidad héroes más admirables que quienes supieron perder con estilo.
Arturo Pérez-Reverte Gutiérrez
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